sábado, 26 de abril de 2014

Relato 2

¡Hola lectores! Aquí os traigo el segundo relato que presenté a el concurso literario de mi instituto, concurso que el miércoles supe que no gané con ninguno de los dos.
Llevo días diciendo que me da igual pero voy a ser sincera, no es totalmente así. Es cierto que no me puso triste, más bien lo que sentí fue como una especie de decepción aunque sé que ganar no es lo único que importa. 
Entonces empecé a pensar en el motivo por el cual seguía escribiendo, si parece ser que no soy buena, o eso piensa ese jurado, pero luego me di cuenta de que sería absurdo dejar de hacer algo que me gusta solo por no haber ganado un concurso y que yo ya sé que no soy una gran escritora no hace falta que me lo diga nadie, lo importante es que me gusta, me sirve para desconectar y me divierte.
Bueno, después de este rollo os dejo el relato que espero que os guste y que comentéis :)

“¿Alguna vez te he contado que un día comí comida para gatos?”
Esa frase resonó en mi mente nada más salir del avión, había pasado tiempo, mucho tiempo desde la última vez que lo había visto, pero a decir verdad todo seguía exactamente igual.
Irse a África no tuvo el efecto que pensaba que tendría y ahora podía dar la razón a todos aquellos que decían que se trataba de una forma de escapar y de no afrontar los problemas.
Fueron siete años sintiendo la muerte hasta en lo más profundo del alma, con miedo a las sequías, a las plagas, a las guerras, y en general a cualquier cosa que perturbara el orden normal de los acontecimientos.
Coger un avión lleno de cooperantes internacionales cuyo destino era Kenia no fue ni de lejos la decisión más racional de mi vida, sin embargo, allí vi cosas que me marcaron  y conocí a personas que siempre tendrán un lugar especial en mi corazón.
Verlo en la lejanía hizo que la retahíla de pensamientos que me llevaban asaltando desde el momento del despegue se esfumasen. Su aspecto era igual que la última vez: pelo castaño despeinado, zapatos negros, pantalón gris, jersey azul y su inseparable sonrisa de prepotencia y superioridad.
-Bienvenida de nuevo- me saludó sonriente.
-Hola Luis- contesté secamente.
-Ha pasado mucho tiempo Silvia, te fuiste después de devolverme el anillo y salir corriendo lo más rápido que pudiste.
-No puedo decir que me arrepienta de eso, pero sé que no era la solución.
-Recuerdo que te iba a contar una anécdota, te estaba diciendo que una vez comiera comida para gato al perder una apuesta y entonces me lanzaste el anillo te disculpaste y te marchaste a Kenia.
-No lo considero un error y si piensas que me arrepiento te equivocas, ni siquiera sé que haces aquí.
Empecé a caminar dando por terminada la conversación, sí, rompí mi compromiso de golpe, pero no podía casarme con un hombre al que no quería y que pretendía que me quedara en casa criando niños mientras dejaba mi titulo de psicología pudriéndose en una triste pared.
¿Le quise en algún momento? Probablemente.
Cuando nos conocimos todo era fácil, era amable, gracioso y se preocupaba por mi. Nunca llegué a pensar mucho en la dirección que tomaba nuestra relación y antes de poder reaccionar había aceptado un compromiso que no deseaba.
Palabras como “no vas a encontrar a nadie mejor” o “puedes estar satisfecha de que un chico tan majo te quiera, que para eso ya hay que tener valor” o “no entiendo porque dudas, ¿crees que tienes otras opciones?”. Dichas principalmente por mi madre y sus amigas hicieron que la escasa autoestima que llevaba reuniendo desde mi adolescencia volviera a evaporarse.
En el momento en el que aquel anillo de diamantes -creo que eso influyó en que lo aceptara- estuvo en mi dedo anular su actitud cambió. Fue como si su cara oscura saliese a la luz después de tres años de reclusión, y no me gustaba, resultó que el “ chico majo” era egoísta, prepotente, se creía superior a cualquiera y además era un machista controlador. Bueno, soy psicóloga, aún me pregunto como no lo vi venir, como no supe que la cara que mostraba no era la verdadera.
Me estaba siguiendo, lo sabía, podía oír el suave sonido de sus caros zapatos italianos hechos a medida. No había vuelto por él, no había nada que quisiera decirle, y estaba segura de que solamente estaba aquí gracias a la larga lengua de mi madre.
Para volver después de todo lo ocurrido hacía falta un motivo de peso –creo que mis palabras fueron que no volvería a no ser que alguien se estuviera muriendo- y por desgracia ese motivo existía.
Su nombre era Belén, mi hermana mayor. Saber que estaba en el hospital fue suficiente para que la idea de ver a Luis me diese exactamente igual, no se merecía ni uno más de mis pensamientos.
Cogí un taxi para ir al hospital y nada más entrar en la habitación vi a mi madre, me miró de arriba abajo y salió por la puerta sin decir nada.
-Tranquila, se le pasará- saludó Belén con una sonrisa.
Automáticamente fui a abrazarla, la había echado mucho de menos.
-Me gusta tu sonrisa, en mi opinión dejar al imbécil de Luis es lo mejor que podrías haber hecho, pero Silvia hay lugares más cercanos que Kenia.-me dijo mi hermana entre risas
-Es cierto, estaba en el aeropuerto y es cosa de mamá, pero por mucho que insista no voy a estar con una persona a la que no quiero y que pretende que me quede en casa criando los hijos que él crea convenientes tener.
-Quiero que seas sincera, ¿cómo estás?- añadí nerviosa.
-¿Quieres la verdad? Muy bien, me estoy muriendo. No es lo que querías oír pero si estás aquí es porque lo intuías ¿no? Tu misma lo dijiste y aquí estoy, me muero Silvia, y lo peor es que aunque llevo meses asumiéndolo no quiero morirme, no estoy lista para hacerlo.
Mi hermana cerró los ojos mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas haciendo que comprendiese la gravedad de la situación y que me arrepintiera de haber desconectado de las personas a las que quiero durante tanto tiempo por culpa de un simple idiota.
Salí de la habitación al ver que se había dormido, nuestra madre estaba sentada leyendo una revista y ni siquiera se dignó a levantar la vista cuando me oyó aparecer.
-Sé que estás enfadada, tienes tus motivos como que en siete años solo haya mandado 10 cartas, pero no puedo tolerar que sigas queriendo que me case con Luis. Sé que no es el momento ni el lugar, que Belén se muere sin estar lista, que ella no se merece morir, pero no tenías ningún derecho a decirle a ese manipulador que volvía de Kenia. Esa persona no tiene derecho a saber nunca más de mi, estudié, trabaje duro para obtener algo de reconocimiento y no pienso perder eso por nadie ni mucho menos por un hombre.
Existe una parte en los procesos de asimilación a los que llamamos puntos críticos, cuando mis pacientes llegan a ellos les digo que es el momento a partir del cual pueden mejorar. Bien, había llegado a mi propio punto crítico y aunque yo soy un completo desastre la vida es irónica, a pesar de no tener ni idea de enfrentar bien las cosas sabía como hacer que los demás lo hiciesen.
Tres días después Belén empezó a empeorar, lo más curioso es que nunca pregunté que era lo que le pasaba. No necesitaba saberlo para estar ahí para ella, le contaba algunas de mis aventuras por África, historias de pacientes que fueran graciosas, cualquier cosa que pudiera distraerla del desenlace que todos esperábamos.
Dos semanas más tarde estaba tan débil que casi no podía hablar, nuestra madre lloraba y yo era incapaz de hablar con los médicos. Tras dieciocho días de mi regreso uno de ellos nos dijo “que le había llegado la hora de una vez” , en ese momento quise darle una patada.
Me senté en una silla y le cogí la mano, nuestra madre hizo lo mismo desde el otro lado de la cama. No fue capaz de decirnos nada antes de que aquel odioso monitor empezase a pitar, en ese momento me di cuenta de que lloraba y de que llevaba demasiado tiempo sin hacerlo.
Sentí un dolor sordo en el pecho como si me estuviese comiendo por dentro, como si el corazón, los pulmones, el hígado y todos lo órganos formaran parte del menú de un ser que me hacia querer golpear el suelo.
Nada de lo que nadie dijera podía disminuirlo, cuando apagaron el monitor, cuando recordé nuestra infancia y todos los años pasados, me arrepentí por primera vez de haberme marchado a Kenia en lugar de afrontar los hechos como la persona fuerte que siempre dije que era.
Sin embargo, una vez realizadas las acciones lamentarse sobre lo que podría haber sido solo sirve para que el dolor aumente.
Tanto las malas decisiones como las buenas forman parte de lo que soy ahora, tanto el dolor como las alegrías.

La muerte estuvo presente en mi mente cada día durante siete años y  pensé que me había acostumbrado a ella, al sufrimiento y al dolor, pero al igual que todo lo que viví durante ese tiempo al final todo termina por sorprenderte.